Cuchillos
Mi mujer es un peligro en la cocina. En realidad, es un peligro sólo para ella misma, porque es habitual que sufra accidentes domésticos mientras prepara la comida. Tampoco es que sea nada raro, lo normal, un corte con un cuchillo, una mano quemada en el horno, un vaso roto, en fin los accidentes típicos de los cocineros. Lo curioso, en su caso, es la frecuencia con la que le ocurren, por eso, cuando compramos la casa donde vivimos, una de las cosas que más nos gustó es que estaba cerca del centro de salud. Así, por lo menos, nos ahorrábamos coger el coche cuando tuviéramos que salir pitando con alguna herida macerando en el cuerpo de mi mujer. Es cierto que yo podría actuar como equipo de emergencia, pero resulta que no soporto la visión de la sangre y como enfermero soy un desastre.
Tiendo a marearme y descomponerme ante los percances domésticos así que, aunque me cueste reconocerlo, mi mujer tiene poca ayuda conmigo. Más bien, son palabras suyas, me convierto en una carga y en eso momentos piensa que se equivocó al elegir marido. En mi descarga diré que yo no sabía nada de esto el día que intercambiamos los anillos. Pero eso son problemillas familiares que no hay que airear mucho; lo importante es que al final, nuestra casa está cerca del centro de salud y eso es una comodidad porque lo visitamos tres o cuatro veces por semana. Así que, en poco tiempo, nos hemos hecho amigos de los guardias de seguridad, los enfermeros, los médicos e incluso de algunos pacientes. El hospital se ha convertido en una especie de prolongación de la cocina, podríamos decir que, en realidad, tenemos cocina con office.
Tanto es así que si cuando ocurre el accidente, si mi mujer tiene algo preparado lo solemos llevar para invitar a nuestros amigos a un aperitivo. Las croquetas de pollo son muy apreciadas por los guardias de seguridad, mientras que la mayoría de los médicos se decanta por la tortilla de patatas con cebolla. Porque una cosa tiene que quedar clara, mi mujer tiene tendencia a los accidentes con cuchillo, pero cocina de maravilla y ante la visión de sus croquetas no hay persona que se resista a sus encantos. Cuando ocurre algún percance, yo, que soy alérgico al dolor, me encargo de ponerlo todo en una fiambrera y mi mujer, mientras tanto, se hace un vendaje de emergencia con un trapo de cocina y se pone los zapatos para salir.
Al principio lo hacía como al descuido, pero desde que tenemos tantos amigos allí, escoge su vestuario con más cuidado, incluso últimamente se pinta los labios. A veces le comento a mi mujer que sería más lógico que nuestra cocina estuviera en la sala de espera del centro de salud, o ya puestos podíamos comprar el restaurante del hospital, sería todo más cómodo, un paso más a la integración entre accidentados y enfermeros. Cuando he hecho ese comentario ella no me dice nada, pero la escucho murmurar algo sobre mi fobia a la sangre y entonces cambio enseguida de tema porque sé que es algo de lo que no debemos discutir. A veces tengo miedo de que me abandone por un médico o por un enfermero, mi mujer es tan apetecible como sus croquetas y además siempre se sabe que entre doctores y pacientes se establece una relación especial. En realidad tengo tanto miedo de que pase esto, que por las noches ya no duermo y me dedico a quitarle el filo a los cuchillos, a estropear el horno y a romper cualquier elemento mecánico que pueda causar daño. Incluso estoy aprendiendo a cocinar. Ayer hice un huevo frito, pero me quemé con el aceite y mi mujer me tuvo que vendar la mano. Yo me desmayé claro, y cuando abrí los ojos, ella ya tenía los labios pintados y la fiambrera preparada.
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3 comentarios a este post.
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Jose Luis Saorín
claurus
Escribió esto...¡Genial!… El cierre es perfecto.
Juan
Escribió esto...Es inútil resistirse a lo inevitable. Aprende a cocinar más cosas para cuando…
isabel cristina
Escribió esto...soñe que dos hombres me iban a robar y uno de ellos me mostro dentro de su bolso un cuchillo,lugo no se como se lo saque del bolso y se lo puse en el cuello, alli termino el sueño